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Omar Rayo: La Huella Ancestral

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Para entender la obra de Omar Rayo es necesario volver a sus orígenes, tanto en los viajes de su juventud como en la construcción de su identidad como creador y pensador. En el curso de su vida se tornó cada vez más vehemente su autodefinición como latinoamericano y, específicamente, como colombiano. A medida que viajaba por el mundo afirmaba esta identidad con la conciencia de su pertenencia a una historia y una etnicidad que se traslucían en su producción artística. El concepto de la huella es una característica de su obra gráfica ya que el intaglio es el revés de la huella. Además, en la pintura trabajaba un relieve ilusorio a través de la sombra y es notorio el juego de presencia y ausencia, derecho y revés en sus pinturas. La huella es un tema, pero es más un signo de identidad.  El ADN también se puede describir como la huella ancestral de un ser humano.

Fue en su viaje por Suramérica que el joven Omar se encontró con un pasado que trascendía la vida ya vivida y la de su familia roldanillense. Entre 1954 y 1958 hizo un peregrinaje que replicaba a la inversa al del Che Guevara en su moto desde Argentina. Llevaba en su equipaje de mochilero, quien se detenía donde le tocaba, las obras de Bejuquismo y Caricatura que había hecho en Colombia. Hacía, al mismo tiempo, nuevas obras que eran apuntes de un diario visual de su día a día.  Lo que vio y retrató eran personas, paisajes, símbolos y diseños en los templos y monumentos de las civilizaciones antiguas. Vio Macchu Pichu, Sacsahuamán, Cuzco, y también los tejidos y artefactos que hacían los descendientes de aquellas etnias que todavía persistían en Peru, Bolivia y Argentina. Dibujaba rostros, vestimenta, restos de antiguas moradas, símbolos y signos encontrados. Todo esto se le caló en la memoria junto con la visión geométrica evidente en los productos artísticos y artesanales de las culturas indígenas con las que se encontraba. Este sincretismo estético se configuró en un estilo único.

Del período de Via Sur mostramos obras de medios mixtos sobre papel que reflejan su contacto con las antiguas civilizaciones y su continuada presencia en aquellos países. Figuras antropomorfas o zoomorfas geometrizadas en dioses; hombres, mujeres y niños con su atuendo tradicional; rostros que se convierten en deidades solares y lunares. Las geometrías nativas surgían tanto de su arquitectura, adornos arquitectónicos, tótems y estatuas, como de los tejidos, canastos y bordados. El tejido devino el origen de muchas de sus obras posteriores que empieza a crear después de aquel viaje seminal por los países del Sur, ya en México,1958-60, o en Nueva York. En México, adonde se desplazó Rayo con una beca para estudiar grabado y muralismo, se encontró con las artes de otras grandes civilizaciones precolombinas y su supervivencia en las artesanías y artefactos de las diferentes regiones que visitó. También encontró una espiritualidad diferente, una visión del mundo diferente, un sincretismo de gran profundidad poética. 

De los muralistas, a quienes conoció, prefirió Tamayo y sus grandes figuras mitológicas y se identificó con los artistas de la generación de la ruptura, algunos de los que optaron por la abstracción. Su estilo se volvió cada vez más geométrico y aunque parecía abstracto podemos notar los referentes indígenas.

Mostramos aquí algunas pinturas de esta época que incluyen referencias a “alfabetos” de símbolos misteriosos, claramente relacionados con símbolos precolombinos, y dos obras que buscan crear un volumen real con cartones pegados a paintboard que representan las calaveras características de la iconografía precolombina y actual de México, así como  los relieves dedicados al sol (Sol de México). Obras posteriores de Rayo refieren a Kukulkan-Quetzalcoatl y a los templos Mayas visitados en viajes posteriores a Guatemala donde admiró a Tikal y los tejidos de las vendedoras de telas de las que adquirió una colección de los tejidos y molas que quiso exponer en el Museo Rayo. De su viaje al Perú y Bolivia asimiló no sólo las telas Paracas y los enormes dibujos de tierra, sino los quipus a los que dedicó toda una serie de pinturas en los 80 y hasta los 90. Coinciden estos acrílicos con una de las series más puras de intaglios, los Nudobilia. El nudo quipu es un alfabeto indescifrable para nosotros y un sistema matemático. Al estudiar la obra pictórica incluyendo los primeros grabados en metal queda clara su conciencia de una identificación con la historia de sus ancestros precolombinos y su admiración de su arte y cultura.   

Ya en Nueva York, donde pasó los años más prolíficos de su carrera y desde donde viajaba a todas partes del mundo, incluyendo Latinoamérica, quería reafirmar su conexión con ella. No era que se hubiera propuesto pintar imágenes tribales o desglosar los símbolos como Antonio Grass, sino que sentía en el alma el desconocimiento de la grandeza del arte Pre-Hispánico y del llamado “arte popular” de los países que conocía en alma y carne propia. Pintaba y grababa por series que a veces corrían paralelas, que se referían a diferentes propuestas estéticas, colores y experiencias.  Se destacan entre las series de los 70 y 80 muchas obras con títulos de las diferentes culturas indígenas colombianas: Piaroa, Embera Catiio, Camsa, Guambiano, Arhuaco, Pijao, Wayuu. Los títulos los puso adrede para responder a la ignorancia tanto del Norte como de Latinoamérica de su propia riqueza histórica. En las inauguraciones, se enojaba con las personas que no sabían qué querían decir esas palabras. Las obras tienen una dignidad y una presencia que indican lo que Omar Rayo sentía por su tema. Unos como Arhuaco y la Semillas del sol claramente se refieren a la orfebrería que tanto admiraba. Los cuadros irregulares asemejan pectorales, poporos y otros objetos. Otros son tejidos de colores como las telas sagradas. Muchos son lienzos irregulares que sugieren figuras sagradas, rituales o tótems, una cuna de mimbre, un tejido que contiene la noche. Verlos unidos en dos salas con sus hermanos y hermanas, centro y suramericanas, es asistir a un ritual de paz donde las raíces de las grandes ceibas se unen y los árboles empiezan a girar en la danza del huso con sus volantes de Hurakan. Rayo sentía en sí mismo la huella invertida que dejaron sus abuelos.

Águeda Pizarro —Presidenta & Directora

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